Campista a la vista


Cuando te vas de acampada debes saber que, sin quererlo, acabarás renunciando a cualquier intento de aburguesamiento. Las comodidades urbanitas dejan paso al singular ‘modus operandi’ del campista y de forma espontánea, terminas compartiendo las costumbres inherentes a estos felices veraneantes.

Levantarse por las mañanas acompañados del rollo de papel higiénico es una imagen que sorprende el primer día y hasta causa algo de reparo; sin embargo, el segundo día de aventura es algo que jamás osaríamos olvidar.

Llegar hasta los servicios recién levantado es un mal trago por el que hay que pasar pero que al final se acaba digiriendo. Al principio, caminas con la cabeza gacha, temiendo dar los buenos días, evitando saludar hasta el punto de rozar la mala educación. Al segundo día, las bolsas en los ojos y el pelo desaliñado forman parte de un natural despertar.

Cautela y timidez van escritas en tu frente de novato. Te paseas por los alrededores sin hacer apenas uso de los equipamientos que ofrece el camping y asomas el hocico en cada rincón, observando bien antes de preguntar cualquier obviedad. Pero una vez inspeccionado el terreno, ya alardeas de la estrella de sheriff. Sabes que jamás volverías a pagar 3 euros que cuesta el punto de luz pudiendo cargar la batería del móvil en los enchufes de los lavabos; aprendes a no volver a escoger una parcela en cuesta, por mínima que sea la pendiente o a no dejar comida cerca de la tienda de campaña.

Lavar la ropa en la pila, tender en cuerdas, beber en un poto, limpiar el coche a golpe de manguerazo, desayunar bollos recién hechos, volver a desayunar los bollos del día anterior, escuchar los grillos a media noche, hinchar las colchonetas también a media noche, despertarse con los primeros rayos de sol…se convierten en grandes placeres para algunos y en pequeñas calamidades para otros. ¿Para mí? Una experiencia muy repetible. En el próximo post hablaré de los cuatro campings en los que estuve este verano, Cascais, Albufeira, Conil y El Puerto de Santa María.

2 pensamientos en “Campista a la vista

  1. Creo que te has dejado una… cuando llegas a un camping al lado del mar, es la primera noche que «disfrutaras» del plácido sonido de las olas rompiendo contra el acantilado. Piensas en la sensación y se te pone la piel de gallina…¡qué bien voy a dormir!… a los pocos minutos de acostarte, ya estás deseando que amanezca, ese plácido sonido de las olas, es una tortura. ¡No duermes nada!, te despiertas con unas ojeras que casi te las pisas cuando vas al baño, y como dices tú, encima saluda al resto de campistas medio sonámbulos que han sufrido también tu calvario. ¡deberían estar prohibidos esos camping! Todavía hoy se me sigue poniendo la piel de gallina cuando recuerdo esa experiencia.

    • Pues esa no la he experimentado, pero la verdad es que de primeras suena muy sugerente…pero me anoto tu consejo para la próxima! La verdad es que luego te acabas riendo de todas esas cosas que te pueden pasar en un camping y es super divertido.

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