La locura de los 110km/h

Hoy iba conduciendo de camino al trabajo y, aunque era fácil de predecir, me ha saltado el piloto de emergencia. Kit me ha comunicado que le “faltaba combustible”. Una de dos: o le doy lo que me pide, o él se para. Amenaza en toda regla. Pero esta disyuntiva no ha sido nada fácil de resolver puesto que a ZP no le gustaría que llenara el depósito tan a la ligera; que me gastara 40 euros tan alegremente, con lo que me cuesta ganarlos; que fuera de gasolinera en gasolinera chupando combustible como una aguerrida conductora.

Vale, como la crisis energética es una cuestión de economía nacional y no una cuestión de ahorro particular, paro el coche y pienso en varias opciones para llegar a mi puesto de trabajo: hacer autostop y arriesgarme a que cualquier loco al volante me lleve al trabajo circulando a 110 km/h. No, demasiado aventurado.

Comprarme una bicicleta y pedalear hasta el trabajo por la extensa red de bidegorris que presume Donostia. Ah, no, que a los barrios altos todavía no ha llegado…; Bajarme del coche, llamar a la grúa, pagar como una ciudadana decente y continuar a pie por el arcén ataviada con el chaleco de emergencia (retiro lo de decente) No; puedo exponerme a que un ladrón de autopista me desvalije…

Sí, soluciones surrealistas parra una situación también surrealista, ya que con 40 euros ahora no lleno el depósito ni de lejos.