Donostia, qué bonita eres

Reluces enmarcada en la pared principal de aquel salón centenario y lustroso del Paseo de Salamanca. Te colgaron allá para admirarte a gran escala, para exhibirte cada vez que sus moradores reciben a distinguidos invitados envueltos en oro y olor a champán francés. Es una pintura de la playa de La Concha, obra del tatarabuelo Ayala, que e.p.d, que ha sido fondo de las fotografías familiares de las generaciones Ayala.

Descansas en la mesita de noche de ese chico que se marchó a Londres hace cuatro meses a buscarse la vida. Ahora trabaja de repartidor para una empresa de mensajería, está mejorando mucho su inglés pero tiene ganas de volver y abrazar a su novia. Todas las noches, antes de acostarse, la mira en esa fotografía en blanco y negro sacada en el Peine del Viento. Es su preferida, ¡qué guapa está! Ese día el mar estaba picado y embestía impetuoso. Se sentaron en una de las rocas mirando hipnotizados al horizonte y estuvieron horas y horas preguntándose de dónde vendrían las olas. Sus recuerdos están tan impregnados en su memoria adolescente que casi puede oler a sal, a acero, desde aquel cuartucho londinense.

Luisa te guarda en su cartera, junto al compartimento de la tarjeta sanitaria. Es un calendario de 2012 con la imagen impresa del Monte Urgull que cogió hace tiempo en un bar. Le gustó la estampa y se la quedó. Cada cierto tiempo hace limpieza de la billetera, tira tickets antiguos, extractos de movimientos bancarios, retira tarjetas comerciales…y siempre topa con el calendario. Lo saca, lo mira unos segundos pero le da pena tirarlo, lo aparta del montón de la papelera, se lo piensa, sigue con sus papeles, ordena las tarjetas y cuando vuelve a coger el calendario, lo coloca donde estaba.
Las esquinas están dobladas y el cartón comienza a resquebrajarse, desluciendo una estampa que en su día fue bella; ahora deteriorada por el efecto del cuarteado.

Las gemelas Taylor, de cinco años, te eligieron como recuerdo en sus camisetas el verano pasado. Ahora pasean orgullosas su bien aprendido «I love Donostia» por el barrio donde viven, una zona residencial de Melbourne. Visitaron la ciudad el año pasado de rebote. Su padre, Matthew, venía de correr los Sanfermines de Pamplona por cuarto año consecutivo y recalaron en San Sebastián como colofón a un intenso mes de vacaciones por el norte. Quedaron fascinados con el paisaje, la gastronomía, los festivales de música…retratos fotográficos que coparon dos tarjetas de memoria de una Canon EOS 5D.

Te han admirado, saboreado, pisado, llorado, extrañado… gentes de aquí y de allá.
Siéntete orgullosa, eres bella en cada rincón.

 

peine

Presagios

Y un martes, M. decidió dejarse barba. ¿Por qué no? – Pronunció en tono provocador delante del espejo. La mayoría de sus compañeros de trabajo lucían una tupida barba, mullida y prolija que les confería un aire de sofisticación y hombría que M. deseaba sentir en sus propias carnes. Quería palparse más adulto, embadurnar su existencia de madurez, atusarse la barba pausadamente presagiando que por fin podría convertirse en alguien respetable.

Así que, desafiando a su fisonomía casi imberbe y empujado por sus ansias de triunfo, dejó de afeitarse cada mañana y parte de su rostro se fue cubriendo poco a poco de un pelo fino y oscuro. El descuido aparente de los primeros días dejó paso a una fachada elegante y atractiva. M. se sentía espléndido.  Acudía a la barbería cada semana para mantener el contorno perfilado libre de pelos y todas las noches, antes de acostarse, se frotaba la barba con una cucharada de aceite de coco. Le ayudaba a suavizarla y dejarla más sedosa.

En el mapa sentimental las cosas le iban mejor que nunca. Las mujeres se sentían intimidadas y atraídas a su vez por ese extra de masculinidad que antes no encontraban en él. En el trabajo, sus colegas de profesión le empezaron a tomar en serio y su círculo de amistades crecía a la vez que lo hacía su frondosa barba.  ¡Era un hombre de éxito!

M. nunca volvió a afeitarse. Tampoco regresó a la ciudad de la que huyó hace tantos años. Ni al apartamento en el que tantas noches lloró desconsolado.

 

Crecer con un tesoro

Este perfil se lo dedico a mi hermana pequeña, la persona más buena que se puede tener al lado. Allá va…

Cuando algún conocido suyo se para a hablar con ella por la calle, siempre acompaña la conversación con una sonrisa dulce y espontánea. Jamás mira a nadie con malos ojos y es difícil que se enzarce a criticar a alguien. Su esencia, tan pura e inocente, es lo más preciado que posee. Por eso he intentado protegerla tanto, desde que era pequeñita.

No tuvo mucha suerte con las amistades del colegio, ajenas al tesoro con el que jugaban. Con los chicos tampoco parecía encontrar el amor definitivo. Y ella lo buscaba y lo buscaba con cierta inquietud.

Mientras, sin percatarse, se fue haciendo cada vez más fuerte y valiente, aprendiendo de cada situación, dejando atrás las inseguridades y sin abandonar nunca su preciosa sonrisa ni su carácter guasón. Hasta que un día, llenó las maletas de arrojo y puso tierra de por medio para continuar su vida en un nuevo destino. En el camino se fue encontrando con buenas personas que en cuanto la conocieron, no quisieron separarse de ella ni un segundo, las que ahora son sus verdaderas amigas y su gran amor.

Y nosotras, que éramos inseparables, que nos hacíamos compañía en cada rincón, tuvimos que soltarnos de la mano y enfrentarnos a la distancia más despiadada. Kilómetros que cada día parecían alargarse más y más. Si supiera cuánto le echo de menos…

Juntas compartimos momentos increíbles. ¡Reíamos sin parar y cada día era mejor que el anterior! Sus brazos fueron el mejor consuelo para aliviar un mal día y los más reconfortantes para celebrar las grandes noticias. Siempre me tuvo como referente, sin embargo he sido yo quien más me he tenido que apoyar en ella.

Admiro su nobleza y su capacidad de amar y perdonar; siempre me ha aceptado a pesar de todas mis faltas.

Gracias por crecer conmigo, gracias por darme siempre la mano.

Comprensiva, fiel, divertida, sencilla, BELLA.

Te quiere, tu hermana.

 

Los rizos más bonitos

Su voluminosa melena rizada, que tantos disgustos le dio cuando era pequeña, es ahora atributo de su enorme belleza. Lo suele llevar recogido y todos le insistimos en que se lo suelte, pero se resiste. Sólo ella sabe lo que supone lidiar con una mata de semejante calibre.

El pelo que luce ahora es la recompensa de un trabajo milimetrado frente al espejo durante años. El ‘modus operandi’ tiene su miga. Recién salida de la ducha, se quita la humedad con una toalla y después los nudos con un peine que promete milagros. Se aplica boca abajo una buena capa de espuma extrafuerte y en esa misma posición, recorre el cuarto de baño en busca del secador de pelo al que incrusta un difusor profesional. Tras el secado, desde las puntas a la raíz, lo ondea de un vuelco hacia adelante.

Su potente melena negra está armonizada ahora por unos rizos perfectos y domesticados, pero aún queda lo más difícil: el recogido. Se esmera porque el moño no se disperse ni se encrespe con tanta intentona. Se observa unos segundos en el espejo comprobando que cada rizo esté en su sitio -para ello atesora una legión de horquillas que guarda como oro en paño-. Y por fin está lista… ¡para bajar a por el pan! Así es ella. ¿Perfeccionista? No creo. ¿Presumida? ¡Y tanto que sí! Siempre perfecta, siempre bella.

rizos

Una tarde cualquiera

Aquí va otro perfil. Esta vez dedicado a mi querido padre

Le gusta tomarse su tiempo para hacer las cosas. Me lo imagino en el salón, sentado en el sofá granate de cuero raído, con unos cuantos folios en blanco y un bolígrafo. En la mesita, humea un café solo, sin azúcar, al que acompaña una magdalena recién horneada que él mismo ha cocinado durante horas. Durará segundos, ¡le encanta el dulce!

Cuando le pregunto -¿Qué haces, papá?- siempre me responde con ganas de iniciar una apasionante conversación. Lo que fuera a anotar en esas hojas ya no importa, la escena es la excusa perfecta para charlar con él, algo que siempre me ha maravillado.

Aparta los folios de sus rodillas, apaga la tele con decisión y me tiende un artículo de periódico recortado para que lea en casa. – A ver qué te parece- añade astuto, sabiendo que tendremos una conversación pendiente.

Después de un buen rato intercambiando anécdotas y exprimiendo realidades, mira el reloj y me anuncia que tiene que prepararse para salir.

-¿Vas al tiro al arco? -Sí- contesta mientras se anuda, meticuloso, los cordones de sus zapatos de vestir. Al incorporarse, se sacude el pantalón frente al espejo, se cubre con una chaqueta ligera (siempre ha huido de las prendas de abrigo) y recorre el pasillo con porte atractivo y una molesta cojera que arrastra tras años de machaque contra el asfalto. Antes de salir de casa revisa todos sus bolsillos: llaves, cartera, gafas… recita mentalmente. Cierra con llave y nos despedimos con un beso en la mejilla.

Me recuerda que en esta vida hay que ir contra la norma, ser especial, diferente. Desde pequeña me enseñó a esforzarme, a afrontar los resbalones, a perseguir mis sueños, a ser prudente pero a cierta distancia y sobre todo, a ser valiente.

Padre generoso, cariñoso, sereno, divertido e ingenioso.

Te quiero.

 

 

Dame un abrazo

Me encanta abrazarle aunque él nunca me devuelva los abrazos. Se ríe tímido, contenido, y me da unos golpecitos en la espalda que sólo yo logro entender. Es el viejo sabor de las cosas de siempre. Pan con chocolate para merendar, pellizcos disimulados debajo de la mesa, muñecas decapitadas por arte de birlibirloque, chivatazos, noches de linterna y galletas, bautizos de monedas, peleas y confidencias entre hermanos…

Crece esa mano protectora que tanto me reconfortaba a la salida del colegio y de la que tanto me gustaba alardear. – Id siempre de la mano, no os soltéis de vuestro hermano-, nos decía mamá. Él siempre nos protegía con celo de perro guardián.

Tan próximo a veces, tan lejano otras. De vez en cuando, se despoja de su fachada rígida e intransigente para mostrarnos tal cual es. Sin frenos. Con sus preocupaciones y temores.

No es de consejos compasivos; más bien rayan la crudeza. Es su forma de proteger a los que quiere y de protegerse a sí mismo. De enorme corazón, inocente, curioso, valiente y sincero, hacen que su terquedad, a ritmo machacón, sea tan solo una manifestación de la rebeldía propia de un niño. Niño que siempre fue grande y hombre que nunca dejará de ser niño.

Te deseo un feliz cumpleaños.

Para Ella

Siempre me ha encantado observarla por las mañanas, recién levantada. Después de desperezarse, se atusa el pelo alborotado por el sueño, dedicando especial esmero a los rizos más rebeldes y enérgica se dirige a por su bata verde, que cuelga detrás de la puerta del dormitorio. Se la anuda con gesto decidido y camina hacia la cocina con sus zapatillas de casa.

Le suelo decir que parece una condesa del siglo XVII enfundada en esa bata horrible. Es de tacto aterciopelado y con hombreras y sus zapatillas de 5 centímetros de tacón le dan un aire cómico. ¡Cómo nos reímos!

Se prepara el desayuno centrada en la lista de tareas de casa que le esperan. Se bebe el café con leche de soja –su delicado estómago es tajante con los lácteos – y mastica sin saborear una tostada con mermelada.

Como todas las mañanas, se acerca a la jaula del pájaro, un yaco de 11 años, y le saluda silbando y chasqueando los dedos. Le pregunta cómo está hoy, y ella responde por él con canciones de rimas tontas. A ella le encanta cantar, una canción tras otra. No lo hace mal, pero suele desafinar bastante, a lo que se excusa diciendo que ‘no tiene oído’ –de pequeña se le estalló el tímpano y su pérdida auditiva aparece cuando nos reímos de sus versiones musicales-.

Hoy le duelen las manos. Una artrosis galopante ha deformado algunos de sus dedos, alargados y finos antes. ¡Son manos de pianista! –bromea. Apenas puede cerrar el puño, pero ella no para de estrujar los trapos.

Antes de enfrentarse a las tareas diarias, se concede unos minutos delante de la ventana. Madre cariñosa y maternal, sensual, divertida y ÚNICA.

Te quiero.