Toma corazones

Llevo varios días recibiendo en mi correo emails de ofertas de San Valentín, cada cual más empalagosa. El asunto, un clásico. Todos invitan a unirse a la fiesta de cupido mediante un «Díselo con un…». Más por vicio que por curiosidad, comienzo a abrir los emails sin ninguna expectativa. Y entonces mis niveles de azúcar comienzan a dispararse hasta la indigestión. Bouquets de rosas rojas, piruletas personalizadas con el nombre de tu churri, cojines en forma de corazón, set de dos tazas con la foto del aniversario y retahílas de «Ailoveyuu»s estampados en mantas, tazas, llaveros y alfombrillas de ratón.

Me espanta toda esta parafernalia hortera; también la celebración de este día con joyas caras y viajes cinco estrellas. No me considero novelera ni demasiado romántica, pero intento que todos los días tengan algo de especial. Que un martes cualquiera la comida preferida de mi pareja le alegre el día; despertar la risa con un baile improvisado en el salón; un piropo que hace olvidar imperfecciones; rosas amarillas para recordar nuestro color preferido; un beso inesperado que borra preocupaciones; viajar hasta Francia a por nuestros pasteles favoritos; una canción dedicada, un gracias y un perdón a tiempo…

Mantener la intensidad no es fácil; más cuando la vida te pone a prueba cada dos por tres, pero estos pequeños detalles hacen que siga tan ilusionada como aquel día en el que te conocí. Loca por ti, loco te quiero. Ah…¡y que viva el amor!

Huellas de pies descalzos

El martes pasado se conmemoraba el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, el campo de concentración nazi donde más personas fallecieron, más de un millón de judíos.

Los periódicos han dedicado secciones especiales sobre el holocausto judío y dicha conmemoración. Comienzo a leer el relato de una superviviente. Noto de pronto un escalofrío que recorre todo mi cuerpo y me envuelve en una profunda tristeza. El horror que soportaron miles y miles de personas, retratado ahora en documentos gráficos y grabaciones, me atiza como sopapos en la cara.

Cada foto, cada historia relatada, hace que me retuerza en la silla del ordenador. Es difícil digerir tanta crueldad y según continúo mi lectura, me voy imaginando el monstruoso escenario.

Cuerpos huesudos y rostros demacrados frente a caras hieráticas y despiadadas. Gritos de dolor y temor ante muecas impasibles y cobardes. Manos ensangrentadas que castigan guantes impolutos. Huellas de pies desnudos hundidas en el barro que emborronan los pasos militares y que reprimen el impulso de correr. Aquellas botas que pisaban después majestuosos salones y cálidas estancias. Suspiros mudos clamando salir de allí. Conversaciones estratégicas que planean trenes con más carga humana.

Literas donde se hacinan cuerpos consumidos bajo anocheceres privados de estrellas. Sábanas recién puestas en un lecho donde descansan bestias asesinas.
Lágrimas gruesas que surcan rostros demacrados. Risotadas envenenadas que disfrutan con tanta humillación y desprecio.

De pronto, vuelvo a mi lectura. Esta vez es la voz de un superviviente, testimonio vivo del horror, que describe lo innarrable. Cada historia es más perversa aún.

Aparto varias veces la mirada del ordenador, resulta difícil continuar leyendo. ¿Cómo puede el ser humano llegar a ser tan cruel?, no dejo de repetir.

La historia nunca les olvidará, a unos y a los otros.