Salas de espera

No gusta esperar y menos si te toca hacerlo en una sala de espera. Son frías, austeras y artificiales, a pesar de sus intentos fallidos por parecer todo lo contrario.

La decoración suele ser similar: un sofá desgastado, una mesa de centro de cristal y un montoncito de revistas del corazón y del motor desactualizadas y manoseadas a partes iguales.

Pasas -sin llamar- y te prometen que en unos minutitos te atenderán.  Te quitas el abrigo y antes de sentarte coges una de esas revistas para distraer tu atención, pero no paras de pensar en esa caries que pronto será un empaste; en si serás capaz de leer la última fila de letras minúsculas o si quedarás como un zoquete cuando el notario comience a leer de carrerilla y entre líneas tanto papel y tú te hayas perdido en el segundo párrafo.

Así que dejas la revista en el montoncito sin acordarte de quién se había casado con quién en no sé qué isla y retrocedes hasta tu sitio dando unos pasitos sin apoyar el talón para no hacer demasiado ruido. ¡Qué silencio! Tan solo se oye alguna tos, generalmente acompañada del ruido del envoltorio de un caramelo y respiraciones muy profundas, casi al unísono. Y cuando estás al borde del aturdimiento, zasca, alguien abre la puerta con una brusquedad proporcional a su simpatía para llamar al siguiente. Haces recuento y ¡el próximo eres tú! Te empiezan a sudar las palmas de las manos y se te acelera el corazón. Intentas pensar en otra cosa y te detienes esta vez en los cuadros de la pared. Son títulos y fotos antiguas de graduación. Menuda pinta -piensas para sacar algo de ventaja-.

Es tu turno. Abandonas por fin ese lugar que nunca se te hará familiar y que siempre te hará sentir como un extraño por muchas veces que tengas que visitarlo.

Ah, sí, luego están esas salas de espera donde te sirven champán y pastas y recibes una atención personalizada como en el mismísimo Ritz…

Mi superhéroe favorito

Mi superhéroe favorito no lleva capa ni antifaz. Viste camisetas del revés para que no le reconozcan entre el gentío y así continuar con sus hazañas de incógnito.

Cuentan que le vieron una vez tirándose al río para salvar a una mujer, que recorrió a pedales un país entero y que visitó medio mundo en barco, tren, avión ¡y hasta en globo! También se le vio luchando con Mr.T en el circo y escalando cimas con tres criaturas en brazos.

Sus manos son gigantescas, en ellas guarda miles de sabios consejos y las más tiernas caricias, porque este superhéroe también tiene un enorme corazón.

Él es capaz de elevarte a las alturas y hacerte creer que eres capaz de comerte el mundo. Porque el mundo es de los valientes. Porque tú puedes con todo.

(Sé que eres tú, pero será nuestro secreto…)

Entre perchas

La primera vez que cruzamos palabra fue para prestarle una plancha de vapor. Entró saludando con desparpajo en la tienda, peinada con un moño a cada lado que le dibujaban un aire gracioso y singular.

Semanas después, tuve la suerte de compartir horas de trabajo con ella. Fueron pocas, pero las más divertidas y entretenidas. Como entre semana nuestras jornadas no coincidían, nos dejábamos notas como hacen los enamorados, esperando locamente la llegada del sábado, el reencuentro, lo que significaba ponernos al día y confirmar la rumorología que siempre rondaba a nuestro alrededor. Entonces clamábamos “qué fuerte todo, tía” con cierto aire teatral mientras nos meábamos de la risa con flequillos que un día perdieron el rulo o aquel bigote de mujer sin reglas escritas.

Situaciones cómicas hubo muchas pero recuerdo una memorable y fue el día que recibí el bello legado de la vida medieval. Frente a mi hostilidad inicial, utilizar aquel retrete sin cadena se convirtió en algo fascinante y ambas aprendimos a manejar la técnica de la palangana hasta perfeccionarla con valentía, arrojo y sin muestras de piedad.

Pero se acabaron las bromas; ella se va ahora y aunque no me atrevo a llamarla amiga, sí me tomo la licencia de sentir como si lo fuera. Divertida, cariñosa, trabajadora y noble. Gracias por esos ratitos.

Que el tiempo no vuele

Esa inquietante sensación de sentir que el tiempo corre demasiado deprisa y las cosas se te escapan de las manos. Quieres quedarte a observar detrás de la barandilla, a masticar cada momento, quedarte en suspensión como esa nota que se prolonga hasta el siguiente acorde, disfrutar de la melodía, pero lo único que puedes hacer es correr detrás del calendario con la lengua fuera. No hay tiempo para la contemplación ni el reposo.

Los días transcurren por el carril de la alta velocidad y están perfectamente planificados. Cada minuto cuenta y mientras más cosas por minuto puedas liquidar, mejor. Vas corriendo a todos lados y contigo, el resto del gentío. Corres detrás del autobús, al trabajo, al cine, a esa quedada con tus amigos, incluso lo que podría ser en un agradable día de compras también se convierte en una absurda carrera con incómodos tacones.

Harás cerca de 100 giros al día para mirar la pantalla del móvil. Lo sacas del bolsillo y miras la hora. Y vuelves a repetir la operación porque estabas distraído pensando en responder ese correo pendiente del trabajo que te trae de cabeza y ni siquiera te has fijado ¡en lo tarde que es! Corre que si apuras, llegas.

Vas cultivando estrés, ansiedad y poco a poco descuidando tu salud física y mental. Ves crecer a tus hijos y envejecer a tus padres de manera vertiginosa. Y se termina otro mes, y estrenas nuevo año y nuevas arrugas en el contorno de los ojos. ¡Eh, que tú también te haces mayor!

Y mientras todos rendimos culto a la velocidad como borregos, pasa eso, la vida.

 

Donostia, qué bonita eres

Reluces enmarcada en la pared principal de aquel salón centenario y lustroso del Paseo de Salamanca. Te colgaron allá para admirarte a gran escala, para exhibirte cada vez que sus moradores reciben a distinguidos invitados envueltos en oro y olor a champán francés. Es una pintura de la playa de La Concha, obra del tatarabuelo Ayala, que e.p.d, que ha sido fondo de las fotografías familiares de las generaciones Ayala.

Descansas en la mesita de noche de ese chico que se marchó a Londres hace cuatro meses a buscarse la vida. Ahora trabaja de repartidor para una empresa de mensajería, está mejorando mucho su inglés pero tiene ganas de volver y abrazar a su novia. Todas las noches, antes de acostarse, la mira en esa fotografía en blanco y negro sacada en el Peine del Viento. Es su preferida, ¡qué guapa está! Ese día el mar estaba picado y embestía impetuoso. Se sentaron en una de las rocas mirando hipnotizados al horizonte y estuvieron horas y horas preguntándose de dónde vendrían las olas. Sus recuerdos están tan impregnados en su memoria adolescente que casi puede oler a sal, a acero, desde aquel cuartucho londinense.

Luisa te guarda en su cartera, junto al compartimento de la tarjeta sanitaria. Es un calendario de 2012 con la imagen impresa del Monte Urgull que cogió hace tiempo en un bar. Le gustó la estampa y se la quedó. Cada cierto tiempo hace limpieza de la billetera, tira tickets antiguos, extractos de movimientos bancarios, retira tarjetas comerciales…y siempre topa con el calendario. Lo saca, lo mira unos segundos pero le da pena tirarlo, lo aparta del montón de la papelera, se lo piensa, sigue con sus papeles, ordena las tarjetas y cuando vuelve a coger el calendario, lo coloca donde estaba.
Las esquinas están dobladas y el cartón comienza a resquebrajarse, desluciendo una estampa que en su día fue bella; ahora deteriorada por el efecto del cuarteado.

Las gemelas Taylor, de cinco años, te eligieron como recuerdo en sus camisetas el verano pasado. Ahora pasean orgullosas su bien aprendido «I love Donostia» por el barrio donde viven, una zona residencial de Melbourne. Visitaron la ciudad el año pasado de rebote. Su padre, Matthew, venía de correr los Sanfermines de Pamplona por cuarto año consecutivo y recalaron en San Sebastián como colofón a un intenso mes de vacaciones por el norte. Quedaron fascinados con el paisaje, la gastronomía, los festivales de música…retratos fotográficos que coparon dos tarjetas de memoria de una Canon EOS 5D.

Te han admirado, saboreado, pisado, llorado, extrañado… gentes de aquí y de allá.
Siéntete orgullosa, eres bella en cada rincón.

 

peine

Bonito atardecer en Roma

Habíamos pateado casi tres cuartos de hora desde el apartamento donde nos alojábamos, cerca de la Piazza Navona, hasta el barrio del Trastevere. La distancia real no era tal, pero fue imposible caminar en línea recta siguiendo el transcurso del río. Anduvimos caracoleando entre los callejones y las vías secundarias de la ciudad pasmados ante tanta riqueza artística.

El paisaje granítico se mezclaba con los ponchos y paraguas de colores que ofrecían varios hombres a los turistas ante una insistente lluvia. Decidimos que preferíamos mojarnos y seguir disfrutando sin estorbos.

De los rincones más insospechados surgían construcciones grandiosas, anónimas muchas de ellas, pero igual de extraordinarias en dimensiones y belleza. Entonces nos concedíamos unos minutos en silencio, testigos de la inmortalidad del Imperio.

¡Uy, empezábamos a ponernos profundos! Convinimos en acompañar las reflexiones filosóficas con un auténtico cappuccino italiano. Tuvimos la suerte de encontrar un pub que parecía cumplir nuestras expectativas: alejado del meollo y de los convencionalismos de las guías turísticas.

Como había parado de llover, nos sentamos en la terraza. A nuestro alrededor, gente joven y de aire bohemio enfrascada en conversaciones con amigos y iPads. Las mesas, casi pegadas unas con otras, estaban adornadas con floreros pequeñitos de cristal que hacían las veces de portavelas. La carta de bebidas, casi en forma de libreto, ocupaba cuatro páginas con propuestas cada cual más sugerente. Estuvimos dudando durante un buen rato desterrar la idea del café y animarnos con una copa de Gin-Tonic, pero no cuajó. Esperamos y esperamos y por fin salió la camarera con nuestros cafés, espumosos y humeantes. Prego.

Y ahí, en ese rincón perdido de Roma, aprovechando las últimas horas de nuestro viaje, degustamos uno de los cafés más intensos que jamás habíamos probado antes con vistas al atardecer más inmenso que presenciamos nunca.

Un honor, vieja amiga

Hacía tiempo que no abría el estuche de mi viola. Me cuesta hacerlo, confieso que me pone triste. El instrumento, a primera vista, está casi como cuando lo dejé y aún conserva ese delicioso olor a madera vieja, aunque ya no brilla como antes.

Comienzo a observar los desperfectos.  Las cerdas del arco están amarillentas a falta de resina, una de las cuerdas está picada, lo que ha provocado muescas en el mástil y lo que es peor, una raja atraviesa la madera de arriba abajo a causa de un golpe -intuyo- que ni siquiera recuerdo. Cuesta verte así, vieja amiga…

Intento darle vida, de alguna forma me siento en deuda con ella y quiero devolverle el favor. Fueron años que merecieron mucho la pena, llenos de esfuerzo, trabajo, dedicación y más dedicación pero compensados con alegrías y oportunidades fascinantes. En definitiva, ella siempre me regaló mucho más de lo que yo podía aportar.

Así que me coloco en posición detrás del atril y temblorosa, paso el arco para afinarla. Me lleva un rato; dos de las cuerdas están sordas y no consigo los acordes perfectos. Mis dedos se desenvuelven torpes y desordenados, ¡qué frustrante! Después de practicar largo y tendido con unas escalas me lanzo con una obra que tiene su miga. Cojo aire, levanto el arco y por fin la música fluye… Inmensa…

He aquí un brindis por los viejos tiempos.

Acosadores al volante

Se les ve venir de lejos. Cada vez se pegan más al culo de tu coche hasta que, en un alarde de caballerosidad, usan las ráfagas de luz para que te apartes. Todo el mundo va lento para ellos y necesitan la carretera bien despejada para presumir de tubarro y neumáticos que desafían al asfalto. Son esos conductores “acosadores” que van pisando zapatilla porque cuanto más aceleran, “más calentitos” se ponen.

Y uno, que va sin prisa pero si pausa, comienza a ponerse nervioso ante la hostilidad y antipatía de la situación. Acogotado, intimidado, achantado, irritado, colérico –elegid el adjetivo con el que os sintáis más identificados- no hay tiempo para ponerse a refunfuñar, sólo piensas en encontrar un hueco para perder de vista a semejante energúmeno. ¡Pasa ya!

A eso se le llama conducción temeraria, un delito por el que, según anunció en su día el fiscal coordinador de Seguridad Vial, Bartolomé Vargas, pueden ser acusados (no ‘acosados’) los conductores que no respeten la distancia de seguridad y además hostiguen al conductor de delante circulando pegados a él e intentando casi “echarlos” literalmente de la carretera. La próxima vez que me vea en esta situación apuntaré la matrícula para denunciarlo, a la vez que cambio a toda velocidad, no penséis mal, el intermitente para quitarme de en medio.