Bonito atardecer en Roma

Habíamos pateado casi tres cuartos de hora desde el apartamento donde nos alojábamos, cerca de la Piazza Navona, hasta el barrio del Trastevere. La distancia real no era tal, pero fue imposible caminar en línea recta siguiendo el transcurso del río. Anduvimos caracoleando entre los callejones y las vías secundarias de la ciudad pasmados ante tanta riqueza artística.

El paisaje granítico se mezclaba con los ponchos y paraguas de colores que ofrecían varios hombres a los turistas ante una insistente lluvia. Decidimos que preferíamos mojarnos y seguir disfrutando sin estorbos.

De los rincones más insospechados surgían construcciones grandiosas, anónimas muchas de ellas, pero igual de extraordinarias en dimensiones y belleza. Entonces nos concedíamos unos minutos en silencio, testigos de la inmortalidad del Imperio.

¡Uy, empezábamos a ponernos profundos! Convinimos en acompañar las reflexiones filosóficas con un auténtico cappuccino italiano. Tuvimos la suerte de encontrar un pub que parecía cumplir nuestras expectativas: alejado del meollo y de los convencionalismos de las guías turísticas.

Como había parado de llover, nos sentamos en la terraza. A nuestro alrededor, gente joven y de aire bohemio enfrascada en conversaciones con amigos y iPads. Las mesas, casi pegadas unas con otras, estaban adornadas con floreros pequeñitos de cristal que hacían las veces de portavelas. La carta de bebidas, casi en forma de libreto, ocupaba cuatro páginas con propuestas cada cual más sugerente. Estuvimos dudando durante un buen rato desterrar la idea del café y animarnos con una copa de Gin-Tonic, pero no cuajó. Esperamos y esperamos y por fin salió la camarera con nuestros cafés, espumosos y humeantes. Prego.

Y ahí, en ese rincón perdido de Roma, aprovechando las últimas horas de nuestro viaje, degustamos uno de los cafés más intensos que jamás habíamos probado antes con vistas al atardecer más inmenso que presenciamos nunca.

Campista a la vista


Cuando te vas de acampada debes saber que, sin quererlo, acabarás renunciando a cualquier intento de aburguesamiento. Las comodidades urbanitas dejan paso al singular ‘modus operandi’ del campista y de forma espontánea, terminas compartiendo las costumbres inherentes a estos felices veraneantes.

Levantarse por las mañanas acompañados del rollo de papel higiénico es una imagen que sorprende el primer día y hasta causa algo de reparo; sin embargo, el segundo día de aventura es algo que jamás osaríamos olvidar.

Llegar hasta los servicios recién levantado es un mal trago por el que hay que pasar pero que al final se acaba digiriendo. Al principio, caminas con la cabeza gacha, temiendo dar los buenos días, evitando saludar hasta el punto de rozar la mala educación. Al segundo día, las bolsas en los ojos y el pelo desaliñado forman parte de un natural despertar.

Cautela y timidez van escritas en tu frente de novato. Te paseas por los alrededores sin hacer apenas uso de los equipamientos que ofrece el camping y asomas el hocico en cada rincón, observando bien antes de preguntar cualquier obviedad. Pero una vez inspeccionado el terreno, ya alardeas de la estrella de sheriff. Sabes que jamás volverías a pagar 3 euros que cuesta el punto de luz pudiendo cargar la batería del móvil en los enchufes de los lavabos; aprendes a no volver a escoger una parcela en cuesta, por mínima que sea la pendiente o a no dejar comida cerca de la tienda de campaña.

Lavar la ropa en la pila, tender en cuerdas, beber en un poto, limpiar el coche a golpe de manguerazo, desayunar bollos recién hechos, volver a desayunar los bollos del día anterior, escuchar los grillos a media noche, hinchar las colchonetas también a media noche, despertarse con los primeros rayos de sol…se convierten en grandes placeres para algunos y en pequeñas calamidades para otros. ¿Para mí? Una experiencia muy repetible. En el próximo post hablaré de los cuatro campings en los que estuve este verano, Cascais, Albufeira, Conil y El Puerto de Santa María.

Compañía en la playa

Dune du Pilat

Imagen: Ilusionas (www.ilusionas.com)

Hay personas que necesitan compañía, estar cerca de alguien, sentir su calor. Cuando esta placentera sensación se traslada a la playa y junto a unos desconocidos, la cosa cambia.

Por más que uno se afane en encontrar el reducto más seguro, siempre tendremos como aperitivo a la señora lapa, que en un abrir y cerrar de ojos, se pegará –literal- a los felices veraneantes. Lejos de ser una especie en extinción, éstas se multiplican como las estafas en verano cuando localizan a una pareja vulnerable. Con el poco disimulo que guardan a esa edad, extienden su vieja toalla de ducha tan cerca como se lo permite su descaro y se atrincheran haciendo una pequeña montañita de arena para vigilar a sus vecinos, digo, para apoyar cómodamente el cuello.

Pero sin duda, no hay nada como la voz de la progenitora más protectora que advierte a sus retoños, eso sí, a un kilómetro de distancia y a grito pelado, que tengan cuidado con las olas. Y cuando uno ha conseguido estóicamente adormecerse entre berridos y reprimendas, el regreso de los niños a la toalla avecina más marcha. Perversión en estado puro. Los pequeños se amenazan unos a otros con cubos llenos de arena y utilizan como ‘escudo’ a los bañistas de alrededor. El desenlace promete, pero entonces entra en escena el chico que reparte bollos gigantes de chocolate y albaricoque entonando una repetitiva melodía. –En la playa de Hendaya sigue existiendo esta figura, que en los arenales donostiarras sonaba con un “Paaatatas, Cooooca Cola, Fanta.[stop]Agua.” Este canto a las viejas costumbres me traslada a mi niñez y su cantinela me deja caer en un sueño profundo.

Al despertar, una uña de un pie que no tengo el placer de conocer me sorprende, tamaño macro, delante de mis narices. Me giro y mis pies peinan la cabeza del bañista de al lado. ¿A qué se debe semejante apiñamiento? La subida de la marea, traicionera, ha provocado una histeria colectiva y todos corren a salvar sus toallas  y chancletas. Ahora solo pido que salga un poco el sol.