Dame un abrazo

Me encanta abrazarle aunque él nunca me devuelva los abrazos. Se ríe tímido, contenido, y me da unos golpecitos en la espalda que sólo yo logro entender. Es el viejo sabor de las cosas de siempre. Pan con chocolate para merendar, pellizcos disimulados debajo de la mesa, muñecas decapitadas por arte de birlibirloque, chivatazos, noches de linterna y galletas, bautizos de monedas, peleas y confidencias entre hermanos…

Crece esa mano protectora que tanto me reconfortaba a la salida del colegio y de la que tanto me gustaba alardear. – Id siempre de la mano, no os soltéis de vuestro hermano-, nos decía mamá. Él siempre nos protegía con celo de perro guardián.

Tan próximo a veces, tan lejano otras. De vez en cuando, se despoja de su fachada rígida e intransigente para mostrarnos tal cual es. Sin frenos. Con sus preocupaciones y temores.

No es de consejos compasivos; más bien rayan la crudeza. Es su forma de proteger a los que quiere y de protegerse a sí mismo. De enorme corazón, inocente, curioso, valiente y sincero, hacen que su terquedad, a ritmo machacón, sea tan solo una manifestación de la rebeldía propia de un niño. Niño que siempre fue grande y hombre que nunca dejará de ser niño.

Te deseo un feliz cumpleaños.

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