Entre perchas

La primera vez que cruzamos palabra fue para prestarle una plancha de vapor. Entró saludando con desparpajo en la tienda, peinada con un moño a cada lado que le dibujaban un aire gracioso y singular.

Semanas después, tuve la suerte de compartir horas de trabajo con ella. Fueron pocas, pero las más divertidas y entretenidas. Como entre semana nuestras jornadas no coincidían, nos dejábamos notas como hacen los enamorados, esperando locamente la llegada del sábado, el reencuentro, lo que significaba ponernos al día y confirmar la rumorología que siempre rondaba a nuestro alrededor. Entonces clamábamos “qué fuerte todo, tía” con cierto aire teatral mientras nos meábamos de la risa con flequillos que un día perdieron el rulo o aquel bigote de mujer sin reglas escritas.

Situaciones cómicas hubo muchas pero recuerdo una memorable y fue el día que recibí el bello legado de la vida medieval. Frente a mi hostilidad inicial, utilizar aquel retrete sin cadena se convirtió en algo fascinante y ambas aprendimos a manejar la técnica de la palangana hasta perfeccionarla con valentía, arrojo y sin muestras de piedad.

Pero se acabaron las bromas; ella se va ahora y aunque no me atrevo a llamarla amiga, sí me tomo la licencia de sentir como si lo fuera. Divertida, cariñosa, trabajadora y noble. Gracias por esos ratitos.

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