Bonito atardecer en Roma

Habíamos pateado casi tres cuartos de hora desde el apartamento donde nos alojábamos, cerca de la Piazza Navona, hasta el barrio del Trastevere. La distancia real no era tal, pero fue imposible caminar en línea recta siguiendo el transcurso del río. Anduvimos caracoleando entre los callejones y las vías secundarias de la ciudad pasmados ante tanta riqueza artística.

El paisaje granítico se mezclaba con los ponchos y paraguas de colores que ofrecían varios hombres a los turistas ante una insistente lluvia. Decidimos que preferíamos mojarnos y seguir disfrutando sin estorbos.

De los rincones más insospechados surgían construcciones grandiosas, anónimas muchas de ellas, pero igual de extraordinarias en dimensiones y belleza. Entonces nos concedíamos unos minutos en silencio, testigos de la inmortalidad del Imperio.

¡Uy, empezábamos a ponernos profundos! Convinimos en acompañar las reflexiones filosóficas con un auténtico cappuccino italiano. Tuvimos la suerte de encontrar un pub que parecía cumplir nuestras expectativas: alejado del meollo y de los convencionalismos de las guías turísticas.

Como había parado de llover, nos sentamos en la terraza. A nuestro alrededor, gente joven y de aire bohemio enfrascada en conversaciones con amigos y iPads. Las mesas, casi pegadas unas con otras, estaban adornadas con floreros pequeñitos de cristal que hacían las veces de portavelas. La carta de bebidas, casi en forma de libreto, ocupaba cuatro páginas con propuestas cada cual más sugerente. Estuvimos dudando durante un buen rato desterrar la idea del café y animarnos con una copa de Gin-Tonic, pero no cuajó. Esperamos y esperamos y por fin salió la camarera con nuestros cafés, espumosos y humeantes. Prego.

Y ahí, en ese rincón perdido de Roma, aprovechando las últimas horas de nuestro viaje, degustamos uno de los cafés más intensos que jamás habíamos probado antes con vistas al atardecer más inmenso que presenciamos nunca.

Toma corazones

Llevo varios días recibiendo en mi correo emails de ofertas de San Valentín, cada cual más empalagosa. El asunto, un clásico. Todos invitan a unirse a la fiesta de cupido mediante un «Díselo con un…». Más por vicio que por curiosidad, comienzo a abrir los emails sin ninguna expectativa. Y entonces mis niveles de azúcar comienzan a dispararse hasta la indigestión. Bouquets de rosas rojas, piruletas personalizadas con el nombre de tu churri, cojines en forma de corazón, set de dos tazas con la foto del aniversario y retahílas de «Ailoveyuu»s estampados en mantas, tazas, llaveros y alfombrillas de ratón.

Me espanta toda esta parafernalia hortera; también la celebración de este día con joyas caras y viajes cinco estrellas. No me considero novelera ni demasiado romántica, pero intento que todos los días tengan algo de especial. Que un martes cualquiera la comida preferida de mi pareja le alegre el día; despertar la risa con un baile improvisado en el salón; un piropo que hace olvidar imperfecciones; rosas amarillas para recordar nuestro color preferido; un beso inesperado que borra preocupaciones; viajar hasta Francia a por nuestros pasteles favoritos; una canción dedicada, un gracias y un perdón a tiempo…

Mantener la intensidad no es fácil; más cuando la vida te pone a prueba cada dos por tres, pero estos pequeños detalles hacen que siga tan ilusionada como aquel día en el que te conocí. Loca por ti, loco te quiero. Ah…¡y que viva el amor!

Huellas de pies descalzos

El martes pasado se conmemoraba el 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, el campo de concentración nazi donde más personas fallecieron, más de un millón de judíos.

Los periódicos han dedicado secciones especiales sobre el holocausto judío y dicha conmemoración. Comienzo a leer el relato de una superviviente. Noto de pronto un escalofrío que recorre todo mi cuerpo y me envuelve en una profunda tristeza. El horror que soportaron miles y miles de personas, retratado ahora en documentos gráficos y grabaciones, me atiza como sopapos en la cara.

Cada foto, cada historia relatada, hace que me retuerza en la silla del ordenador. Es difícil digerir tanta crueldad y según continúo mi lectura, me voy imaginando el monstruoso escenario.

Cuerpos huesudos y rostros demacrados frente a caras hieráticas y despiadadas. Gritos de dolor y temor ante muecas impasibles y cobardes. Manos ensangrentadas que castigan guantes impolutos. Huellas de pies desnudos hundidas en el barro que emborronan los pasos militares y que reprimen el impulso de correr. Aquellas botas que pisaban después majestuosos salones y cálidas estancias. Suspiros mudos clamando salir de allí. Conversaciones estratégicas que planean trenes con más carga humana.

Literas donde se hacinan cuerpos consumidos bajo anocheceres privados de estrellas. Sábanas recién puestas en un lecho donde descansan bestias asesinas.
Lágrimas gruesas que surcan rostros demacrados. Risotadas envenenadas que disfrutan con tanta humillación y desprecio.

De pronto, vuelvo a mi lectura. Esta vez es la voz de un superviviente, testimonio vivo del horror, que describe lo innarrable. Cada historia es más perversa aún.

Aparto varias veces la mirada del ordenador, resulta difícil continuar leyendo. ¿Cómo puede el ser humano llegar a ser tan cruel?, no dejo de repetir.

La historia nunca les olvidará, a unos y a los otros.

Crecer con un tesoro

Este perfil se lo dedico a mi hermana pequeña, la persona más buena que se puede tener al lado. Allá va…

Cuando algún conocido suyo se para a hablar con ella por la calle, siempre acompaña la conversación con una sonrisa dulce y espontánea. Jamás mira a nadie con malos ojos y es difícil que se enzarce a criticar a alguien. Su esencia, tan pura e inocente, es lo más preciado que posee. Por eso he intentado protegerla tanto, desde que era pequeñita.

No tuvo mucha suerte con las amistades del colegio, ajenas al tesoro con el que jugaban. Con los chicos tampoco parecía encontrar el amor definitivo. Y ella lo buscaba y lo buscaba con cierta inquietud.

Mientras, sin percatarse, se fue haciendo cada vez más fuerte y valiente, aprendiendo de cada situación, dejando atrás las inseguridades y sin abandonar nunca su preciosa sonrisa ni su carácter guasón. Hasta que un día, llenó las maletas de arrojo y puso tierra de por medio para continuar su vida en un nuevo destino. En el camino se fue encontrando con buenas personas que en cuanto la conocieron, no quisieron separarse de ella ni un segundo, las que ahora son sus verdaderas amigas y su gran amor.

Y nosotras, que éramos inseparables, que nos hacíamos compañía en cada rincón, tuvimos que soltarnos de la mano y enfrentarnos a la distancia más despiadada. Kilómetros que cada día parecían alargarse más y más. Si supiera cuánto le echo de menos…

Juntas compartimos momentos increíbles. ¡Reíamos sin parar y cada día era mejor que el anterior! Sus brazos fueron el mejor consuelo para aliviar un mal día y los más reconfortantes para celebrar las grandes noticias. Siempre me tuvo como referente, sin embargo he sido yo quien más me he tenido que apoyar en ella.

Admiro su nobleza y su capacidad de amar y perdonar; siempre me ha aceptado a pesar de todas mis faltas.

Gracias por crecer conmigo, gracias por darme siempre la mano.

Comprensiva, fiel, divertida, sencilla, BELLA.

Te quiere, tu hermana.

 

Los rizos más bonitos

Su voluminosa melena rizada, que tantos disgustos le dio cuando era pequeña, es ahora atributo de su enorme belleza. Lo suele llevar recogido y todos le insistimos en que se lo suelte, pero se resiste. Sólo ella sabe lo que supone lidiar con una mata de semejante calibre.

El pelo que luce ahora es la recompensa de un trabajo milimetrado frente al espejo durante años. El ‘modus operandi’ tiene su miga. Recién salida de la ducha, se quita la humedad con una toalla y después los nudos con un peine que promete milagros. Se aplica boca abajo una buena capa de espuma extrafuerte y en esa misma posición, recorre el cuarto de baño en busca del secador de pelo al que incrusta un difusor profesional. Tras el secado, desde las puntas a la raíz, lo ondea de un vuelco hacia adelante.

Su potente melena negra está armonizada ahora por unos rizos perfectos y domesticados, pero aún queda lo más difícil: el recogido. Se esmera porque el moño no se disperse ni se encrespe con tanta intentona. Se observa unos segundos en el espejo comprobando que cada rizo esté en su sitio -para ello atesora una legión de horquillas que guarda como oro en paño-. Y por fin está lista… ¡para bajar a por el pan! Así es ella. ¿Perfeccionista? No creo. ¿Presumida? ¡Y tanto que sí! Siempre perfecta, siempre bella.

rizos

Bendita casualidad

Y me despierto un día y me dan un sorpresón.
-¡Que va a venir Ben Harper al BBK Live! Además viene con The Innocent Criminals-.

Entonces empiezo a saltar, a gritar con una risa enloquecida, a preguntar alborotada cuándo y dónde. De pronto, me acuerdo de la entrada anterior que escribí en el blog y no puedo tenerlo más a huevo. Empiezo a atar cabos. -A ver si ha sido el propio Ben quien me ha leído…-

Claro está que estallaron las carcajadas.

Y vuelvo a pensar en las benditas casualidades…

 

Turismo agridulce

Eran las 20.00 de la tarde de ayer. Estaba paseando por el Boulevard de San Sebastián cuando me acordé que necesitaba coger unas guías de turismo para unos amigos que están de visita en la ciudad. Me disponía a cruzar la puerta de la oficina de Turismo cuando de pronto, una chica me comunicó hostil, tajante, gesticulando con los brazos a través del cristal que estaba cerrado. Chapado. La simpatía y la hospitalidad también cerraban a las ocho. Simplemente había que respetar el horario, se siente…

Me quedé un tanto asombrada, puesto que todavía había gente que estaba siendo atendida en el local. Miré incrédula al reloj y ¡voilá! tenía toda la razón. La oficina cerraba a las ocho en punto y yo me había sobrepasado cuatro minutos, cuatro.

Después de un rato de indignación y juramentos varios, intenté meterme en su pellejo para entender la descortesía con la que me (¿atendió?) despachó esta sufridora trabajadora.

Y aquí van mis suposiciones. Supuestamente pensaría -vaya jeta, teniendo todo el día viene justo cuando estamos cerrando-. Cierto, los horarios están para algo y hay que respetarlos, si no -¿dónde estaría el límite? ¿Cuándo echaríamos la persiana? Si fuera por los turistas y sus locos horarios, sería un non stop-. Supuesta chica, no te sulfures supuestamente, vuelves supuestamente a tener la razón, pero ahora voy yo ¿vale?

No voy a entrar a discutir el tema de la flexibilidad horaria, pero sí la amabilidad con la que se puede atender a una persona. Podrías haber venido hasta mí, abrir la puerta, y decirme “lo siento mucho, pero estamos cerrando, ¿necesitabas algo? Si quieres puedes venir mañana a las x horas y te atenderemos encantados. Si necesitas un mapa de la ciudad tienes fuera una máquina donde puedes imprimirlo”. Con eso habría bastado.

Me sorprende que una ciudad tan turística como San Sebastián, que vive en buena parte del turismo y se promociona tanto en ese sentido trate de forma tan descortés a quien se acerca a la oficina de turismo, la primera toma de contacto con la ciudad para muchos.

Una tarde cualquiera

Aquí va otro perfil. Esta vez dedicado a mi querido padre

Le gusta tomarse su tiempo para hacer las cosas. Me lo imagino en el salón, sentado en el sofá granate de cuero raído, con unos cuantos folios en blanco y un bolígrafo. En la mesita, humea un café solo, sin azúcar, al que acompaña una magdalena recién horneada que él mismo ha cocinado durante horas. Durará segundos, ¡le encanta el dulce!

Cuando le pregunto -¿Qué haces, papá?- siempre me responde con ganas de iniciar una apasionante conversación. Lo que fuera a anotar en esas hojas ya no importa, la escena es la excusa perfecta para charlar con él, algo que siempre me ha maravillado.

Aparta los folios de sus rodillas, apaga la tele con decisión y me tiende un artículo de periódico recortado para que lea en casa. – A ver qué te parece- añade astuto, sabiendo que tendremos una conversación pendiente.

Después de un buen rato intercambiando anécdotas y exprimiendo realidades, mira el reloj y me anuncia que tiene que prepararse para salir.

-¿Vas al tiro al arco? -Sí- contesta mientras se anuda, meticuloso, los cordones de sus zapatos de vestir. Al incorporarse, se sacude el pantalón frente al espejo, se cubre con una chaqueta ligera (siempre ha huido de las prendas de abrigo) y recorre el pasillo con porte atractivo y una molesta cojera que arrastra tras años de machaque contra el asfalto. Antes de salir de casa revisa todos sus bolsillos: llaves, cartera, gafas… recita mentalmente. Cierra con llave y nos despedimos con un beso en la mejilla.

Me recuerda que en esta vida hay que ir contra la norma, ser especial, diferente. Desde pequeña me enseñó a esforzarme, a afrontar los resbalones, a perseguir mis sueños, a ser prudente pero a cierta distancia y sobre todo, a ser valiente.

Padre generoso, cariñoso, sereno, divertido e ingenioso.

Te quiero.