Presagios

Y un martes, M. decidió dejarse barba. ¿Por qué no? – Pronunció en tono provocador delante del espejo. La mayoría de sus compañeros de trabajo lucían una tupida barba, mullida y prolija que les confería un aire de sofisticación y hombría que M. deseaba sentir en sus propias carnes. Quería palparse más adulto, embadurnar su existencia de madurez, atusarse la barba pausadamente presagiando que por fin podría convertirse en alguien respetable.

Así que, desafiando a su fisonomía casi imberbe y empujado por sus ansias de triunfo, dejó de afeitarse cada mañana y parte de su rostro se fue cubriendo poco a poco de un pelo fino y oscuro. El descuido aparente de los primeros días dejó paso a una fachada elegante y atractiva. M. se sentía espléndido.  Acudía a la barbería cada semana para mantener el contorno perfilado libre de pelos y todas las noches, antes de acostarse, se frotaba la barba con una cucharada de aceite de coco. Le ayudaba a suavizarla y dejarla más sedosa.

En el mapa sentimental las cosas le iban mejor que nunca. Las mujeres se sentían intimidadas y atraídas a su vez por ese extra de masculinidad que antes no encontraban en él. En el trabajo, sus colegas de profesión le empezaron a tomar en serio y su círculo de amistades crecía a la vez que lo hacía su frondosa barba.  ¡Era un hombre de éxito!

M. nunca volvió a afeitarse. Tampoco regresó a la ciudad de la que huyó hace tantos años. Ni al apartamento en el que tantas noches lloró desconsolado.

 

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