Que el tiempo no vuele

Esa inquietante sensación de sentir que el tiempo corre demasiado deprisa y las cosas se te escapan de las manos. Quieres quedarte a observar detrás de la barandilla, a masticar cada momento, quedarte en suspensión como esa nota que se prolonga hasta el siguiente acorde, disfrutar de la melodía, pero lo único que puedes hacer es correr detrás del calendario con la lengua fuera. No hay tiempo para la contemplación ni el reposo.

Los días transcurren por el carril de la alta velocidad y están perfectamente planificados. Cada minuto cuenta y mientras más cosas por minuto puedas liquidar, mejor. Vas corriendo a todos lados y contigo, el resto del gentío. Corres detrás del autobús, al trabajo, al cine, a esa quedada con tus amigos, incluso lo que podría ser en un agradable día de compras también se convierte en una absurda carrera con incómodos tacones.

Harás cerca de 100 giros al día para mirar la pantalla del móvil. Lo sacas del bolsillo y miras la hora. Y vuelves a repetir la operación porque estabas distraído pensando en responder ese correo pendiente del trabajo que te trae de cabeza y ni siquiera te has fijado ¡en lo tarde que es! Corre que si apuras, llegas.

Vas cultivando estrés, ansiedad y poco a poco descuidando tu salud física y mental. Ves crecer a tus hijos y envejecer a tus padres de manera vertiginosa. Y se termina otro mes, y estrenas nuevo año y nuevas arrugas en el contorno de los ojos. ¡Eh, que tú también te haces mayor!

Y mientras todos rendimos culto a la velocidad como borregos, pasa eso, la vida.

 

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