S.O.S: Rebajas

No tenía intención, pero fue mi madre quien me lo sugirió al otro lado del teléfono. ¿Qué, vamos de rebajas mañana? Y yo, ingenua de mi, acepté. ¿Por qué no? La jornada prometía. Íbamos con muchas ganas y bien preparadas: zapato plano y ropa ligera.

Pero moverse por las tiendas se convirtió en una gesta digna de ser filmada por Callejeros o ¿Quién ‘compra’ aquí? -versión callejera de una chica de a pie-. Colas, empujones, montones de ropa hacinados sin ton ni son… ¡Qué pereza! Mi compañera de viaje no cejaba en su empeño de hacerse con alguna ganga así que respiré profundo, saqué codos y empecé a rebuscar.

Por fin encontré un abrigo negro, de corte militar, precioso y a muy buen precio. Lo tenía entre mis manos. Pronto se habría acabado todo. Pero no se me ocurrió otra cosa mejor que acercarme a mi madre y susurrarle: Mira qué chulo, ¿te gusta?
Uy lo que acababa de hacer. De repente, un comportamiento de imitación se apoderó del ala norte de la tienda. Suele pasar. Se acercan muy disimuladamente, te miran de reojo, escuchan tu conversación y si te ven decidida, más se aferran a su presa. Sinceramente, me daba igual.

Fui a la caja a pagar el abrigo pero me di cuenta que le faltaba un botón –de esos que como pierdas uno ya la has fastidiado-. La dependienta apenas se inmutó, pero visto mi descontento concluyó (al estilo Elige ¿truco o trato?) con un «Yo te doy el botón y tú lo coses». Así que pagué el abrigo. Y el botón.

2 pensamientos en “S.O.S: Rebajas

  1. Qué típico!!un botón que falta, o el cinturón que se lo han quitado, alguna costura descosida….
    Yo la verdad es que no soporto ir de rebajas, y al final siempre acabo mirando cosas y comprado ropa de «nueva colección».

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