Salas de espera

No gusta esperar y menos si te toca hacerlo en una sala de espera. Son frías, austeras y artificiales, a pesar de sus intentos fallidos por parecer todo lo contrario.

La decoración suele ser similar: un sofá desgastado, una mesa de centro de cristal y un montoncito de revistas del corazón y del motor desactualizadas y manoseadas a partes iguales.

Pasas -sin llamar- y te prometen que en unos minutitos te atenderán.  Te quitas el abrigo y antes de sentarte coges una de esas revistas para distraer tu atención, pero no paras de pensar en esa caries que pronto será un empaste; en si serás capaz de leer la última fila de letras minúsculas o si quedarás como un zoquete cuando el notario comience a leer de carrerilla y entre líneas tanto papel y tú te hayas perdido en el segundo párrafo.

Así que dejas la revista en el montoncito sin acordarte de quién se había casado con quién en no sé qué isla y retrocedes hasta tu sitio dando unos pasitos sin apoyar el talón para no hacer demasiado ruido. ¡Qué silencio! Tan solo se oye alguna tos, generalmente acompañada del ruido del envoltorio de un caramelo y respiraciones muy profundas, casi al unísono. Y cuando estás al borde del aturdimiento, zasca, alguien abre la puerta con una brusquedad proporcional a su simpatía para llamar al siguiente. Haces recuento y ¡el próximo eres tú! Te empiezan a sudar las palmas de las manos y se te acelera el corazón. Intentas pensar en otra cosa y te detienes esta vez en los cuadros de la pared. Son títulos y fotos antiguas de graduación. Menuda pinta -piensas para sacar algo de ventaja-.

Es tu turno. Abandonas por fin ese lugar que nunca se te hará familiar y que siempre te hará sentir como un extraño por muchas veces que tengas que visitarlo.

Ah, sí, luego están esas salas de espera donde te sirven champán y pastas y recibes una atención personalizada como en el mismísimo Ritz…

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