Sirimiri lo llaman

Te asomas a la ventana y ves llover. No te importa, te calzas unas botas de lluvia -por cierto, ya es primavera- y te parapetas en previsiones optimistas con un buen abrigo y tres capas más de ropa de invierno.

Al día siguiente, vuelves a asomarte a la ventana y sigue lloviendo, con más intensidad aún pero confías en que será algo pasajero. Todavía mantienes la sonrisa y el buen humor.

Al tercer día, menos esperanzado, corres la cortina de tu habitación en busca de un haz de luz pero llueve sin tregua. Los ánimos comienzan a decaer.

Ha pasado una semana y el tiempo no mejora.  Ya no tienes fuerzas para subir la persiana cada mañana y enfrentarte al mismo pronóstico. Se te está avinagrando el carácter y caminas por la calle arrastrando los pies sin esquivar los charcos. El gris espeso del cielo se ha adueñado de tu chispa habitual. No sabes cómo combatir este letargo.

Al veinteavo día de lluvia te has convertido en musgo. Tu cuerpo es ahora una sustancia correosa y áspera. Sientes la humedad del suelo. La presión atmosférica ha afectado a tu cerebro y no puedes pensar ni moverte. Sólo dejar que la lluvia continúe empapándote. Hasta que un día salga el sol.

 

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